Hay cafés y hay instituciones. El Jarocho, que abrió en 1953, es de las segundas: un pedacito de Coyoacán al que la gente llega por un café con canela servido en vaso, para llevar, porque casi no hay dónde sentarse.
La escena es parte del encanto: vecinos y visitantes tomando café parados en la banqueta, platicando afuera mientras el aroma se cuela por toda la cuadra. Pide un café de olla, acompáñalo de un pan y siéntete, aunque sea un rato, de la colonia.
